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El primer vino de Latinoamérica

Los vinos argentinos son de los mejores del mundo y en general, cuando de vinos hablamos, pensamos en Mendoza, San Juan, La Rioja o Salta, pero pocos saben que el primer vino en Latinoamérica fue creado en Córdoba.

En 1618 los jesuitas compraron la estancia de Jesús María, en Córdoba, luego de haber realizado estudios que les permitieron saber que las características del suelo y del clima eran ideales para la vitivinicultura y allí construyeron una bodega, donde nació el primer vino de Latinoamérica.

Pedro de Oñate, padre provincial de esa orden religiosa, compró la propiedad al alférez real Don Gaspar de Quevedo, quien la había recibido en merced. La estancia (que pasó a llamarse Jesús María) contaba con plantación de vides y trigo y se dedicaba, además, a la cría de ganado vacuno, caprino, ovino y porcino.

Contaba con herramientas de labranza, tinajas y barriles para la fabricación de vino y llegó a disponer de casi 300 esclavos, su principal capital.

Esta es la segunda estancia jesuítica en la que se desarrolló una importante actividad agrícola y ganadera que tenía como objetivo contribuir al sustento del Colegio Máximo de los jesuitas, pero fue particularmente la vitivinicultura, la actividad que le dio su carácter distintivo.

El primer vino que se creó allí, conocido como "Lagrimilla de Oro”, según cuentan en el Museo Jesuítico Nacional, se le dio ese nombre porque era un vino blanco, tan fuerte que arrancaba lagrimones a quienes lo bebían. Documentos que conserva la Academia Nacional de Historia coinciden en que el Lagrimilla (un blanco elaborado a partir del mosto de 48 mil cepas de cultivos propios) fue el primer vino en llegar desde América a la Corte española.

Fue servido en la mesa de Felipe V, rey de España y toda su corte. Esta referencia, cobra vigencia en la actualidad, al revalorizarse el Camino del Vino en la región, que destaca el rol de pionera en el desarrollo de la vitivinicultura en Argentina. Aquel camino iniciado por los jesuitas se fue renovando con la llegada de los inmigrantes italianos, durante los siglos XIX y XX y revalorizado con la reconversión vitivinícola de fines de la década de 1990, reforzaron el motivo para descubrir la personalidad de un vino criado con siglos de historia.

La producción de vino era demandada para la misa y el consumo particular, mientras que el vinagre se utilizaba para los encurtidos, la desinfección de todas las heridas y la cura de las picaduras de insectos; se puede decir, entonces, que se trataba de un artículo "de primera necesidad".

En los comienzos, el vino se preparaba de manera artesanal. Se prensaban los sarmientos con las uvas en trapiches elementales o directamente se pisoteaban en botas de cuero vacuno. El estacionamiento se hacía en tinajas de barro cocido y el mosto se fermentaba en grandes tinas.

En la Estancia Jesús María, los lagares y la bodega se construyeron entre 1733 y 1745.

En el exterior de la galería norte del actual Museo Jesuítico se pueden apreciar parte de una de las albercas y los espacios donde se colocaban las piedras para moler las uvas. También, dos toneles, una despalilladora y una prensa antiguos.

A principios del siglo XVIII, la finca de la Compañía de Jesús producía unos 12 mil litros de vino, de los que comercializaba alrededor de 1.300.

Como podemos ver, el vino ha recorrido un largo camino, desde aquel Lagrimilla de Oro al gran número de variedades que podemos degustar en la actualidad.


www.conozcarecoleta.com.ar (3471) - Publicado: Viernes 24/05/19