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Aniversario de la muerte de Evita

El sábado 26 de julio se cumplieron 73 años de la muerta de Eva Duarte, cuyos restos descansan en el Cementerio de Recoleta, donde en cada aniversario de su muerte, se depositan flores, rosarios y cartas que le dejan quienes la recuerdan con gratitud y cariño.

Su muerte a los 33 años, fue demasiado temprana como para poder concretar todos sus proyectos, seguir ayudando a los pobres, a sus descamisados que la apodaron "la abanderada de los humildes".

Había nacido en Los Toldos, provincia de Buenos Aires, el 7 de mayo de 1919 y fue la menor de los cinco hermanos. A los quince años migró a la ciudad de Buenos Aires, donde se dedicó a la actuación en radioteatro y cine. En 1943 fue una de las fundadoras de la Asociación Radial Argentina (ARA), sindicato del que fue elegida presidenta.

En 1944, conoció a Juan Domingo Perón, en un acto solidario para reunir fondos para ayudar a las víctimas del terremoto de San Juan de 1944. Ella tenía 24 años y Perón 48. Finalmente, se casaron el 22 de octubre de 1945 en Junín, provincia de Buenos Aires.

Fue la segunda esposa del Gral. Perón, a quien acompañó durante sus dos primeras presidencias. La primera esposa de Perón fue Aurelia Tizón, española, con quien se había casado en 1929. Murió muy joven, también de cáncer, como Evita, en 1938.

A Evita se debe la ley que establece el voto femenino (1947) y que se concretó por primera vez en 1951.

El 26 de julio de 1952 Buenos Aires amaneció bajo un cielo gris que anunciaba lluvia. A las 11 de la mañana, Álvarez, la enfermera que cuidaba a Eva, se acercó al cirujano Ricardo Finocchietto y le pidió que chequeara a la señora. El médico encontró un pulso débil y era prácticamente imposible despertarla. Hacia las 16.30 una nueva revisión médica confirmó que Evita estaba en coma, un estado del que no se recuperaría.

“Fue un momento muy fuerte… Quedó como angelada, bella, en paz. Fue como si se hubiera dormido, hasta que no hubo más pulso ni más respiración. Se fue tranquila, en una paz absoluta”, reconstruyó la enfermera, que guardó el pañuelo con el que secó las últimas lágrimas de Eva.

Pasadas las ocho de la noche, uno de los médicos miró a Perón y le confirmó lo que todos en la habitación sospechaban: “No hay pulso”. Finochietto cerró los ojos de Evita. Juan Domingo Perón se puso a llorar. “Como un niño”, reconstruiría la enfermera, en referencia al dolor del Presidente. Lo primero que dijo fue: “¡Qué solo me quedo!”.

Esa misma noche, el patólogo español Pedro Ara empezó con las tareas para embalsamar y conservar el cuerpo de Eva. Sara Gatti, la manicura de confianza de Evita, cumplió con lo que ella le había pedido en su lecho de muerte: “En cuanto me muera, quitame el rojo de las uñas y dejámelas con un brillo natural”.

Se decretaron dos días de duelo nacional y treinta de luto oficial, que para los hombres implicaba vestir una cinta negra de forma obligatoria. El velatorio fue de una masividad que no se había visto antes y que no se volvió a ver en la Argentina.

“Desde la residencia en que murió (donde actualmente se erige la Biblioteca Nacional), la trasladaron a la sede de Trabajo y Previsión, donde hicimos la capilla ardiente. Pensamos que deberíamos dejar expuesto el cadáver dos días o tres y luego enterrarla. Pero había tanta gente, tantas cuadras de colas de cuatro filas esperando su turno bajo la lluvia para verla por última vez y fueron tantos los que se desplazaron desde todas partes de la República, a quienes no podíamos defraudar, que encargamos al profesor Ara, un español, el más famoso del mundo, que le hiciera una operación previa al embalsamamiento definitivo. Estuvo trabajando casi 24 horas seguidas para que el cuerpo pudiera estar 15 ó 20 días sin descomponerse. Y así fue. Más tarde, la llevamos al Congreso y desde allí, después de estar expuesta otro tiempo, hicimos el cortejo oficial por la Avenida de Mayo y la llevamos hasta la Confederación General del Trabajo, donde el doctor Ara hizo el embalsamamiento final. Concluido el proceso, parecía que estuviera durmiendo. Nadie la vio más que el profesor Ara y yo. Pensamos construir una cripta y que el ataúd tuviera un cristal y que en los aniversarios la gente pudiera pasar y mirarla. También había un lugar en la cripta para mí: para cuando yo faltara”.

Lo cierto es que eso no pudo ser. El cuerpo de Evita fue profanado, vejado y ocultado. Lo secuestraron y lo enterraron en secreto y bajo una identidad falsa en un cementerio en Milán-Italia. Su marido recién pudo recuperarlo en 1971. Fue trasladado definitivamente al Cementerio de la Recoleta en 1976, donde habitualmente es visitada por turistas de todo el mundo, que suelen dejar una ofrenda floral.


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